Este es un concepto macroeconómico. Consiste en el beneficio
que deja de percibir la sociedad o el gravamen que ella sufre por la ejecución
de una determinada actividad económica proveniente del Estado o de los
particulares.
Pero no solamente es ese
costo, susceptible de ser medido en términos monetarios. En el mundo
contemporáneo uno de los más altos costos sociales es el de la degradación del
medio ambiente a causa de las faenas económicas. Aunque aún los recursos de la
naturaleza no se consideran como activos productivos, no obstante que un país
puede encaminarse a la bancarrota por el deterioro de ellos, es evidente que su
disminución o extinción representa un costo social elevadísimo. Sin embargo los
costes ambientales son ignorados. El producto interno bruto no toma en cuenta la depreciación de
los activos naturales ni los indicadores económicos convencionales registran la
disminución del capital “natural” cuando esos recursos decrecen o se destruyen.
Y hasta se llega a la paradoja de contabilizar como “crecimiento económico” la
destrucción de los bienes del medio ambiente, dado que el incremento de la
cuenta corriente, a causa de la industrialización y comercialización de ellos,
no tiene la contrapartida del decrecimiento en la cuenta de capital, por su
extinción.
El costo
social causado por la
actividad productiva realizada por un agente económico privado difiere
sustancialmente del costo
privado que él soporta a
causa de esa misma actividad. En el primer caso es la sociedad la que sufre el
impacto negativo de ella en tanto que en el segundo lo es el propio agente
económico privado, en su esfera patrimonial. De modo que la misma actividad
económica puede generar un costo
social al propio tiempo que un beneficio
individual.
El costo social no está equitativamente
distribuido en la colectividad. Son los sectores más desafortunados los que
usualmente soportan el mayor peso de él.
En términos objetivos, no hay duda de que el
costo social es el sacrificio humano y económico que tiene que sufrir la
población más pobre de un país por las medidas de ajuste tomadas por su gobierno y por ciertas
actividades de producción, distribución y consumo de los agentes económicos
particulares, ya que generalmente el peso de la aplicación de tales medidas y
de la ejecución de esas actividades recaen desproporcionadamente sobre los
sectores sociales indigentes.
A pesar de que los recursos del medio ambiente no
son fáciles de contabilizar, porque son bienes que no tienen asignado un
“precio” en el mercado y algunos de los cuales son incluso intangibles, es
menester incorporar el valor del medio ambiente a las cuentas nacionales. Hay
que poner un precio al agotamiento de los recursos naturales, a la destrucción
de los bosques, a la contaminación del aire y del agua, en suma, al deterioro
del medio ambiente. Alguien tiene que pagar por ello. La fórmula quien contamina paga,aplicada
por algunos países miembros de la OCDE, debe ser perfeccionada y puesta en
vigencia de modo general.
Concomitantemente es conveniente establecer
incentivos directos a favor de quienes reducen el impacto negativo de sus
actividades productivas sobre el medio ambiente, manejan adecuadamente los
bienes de la naturaleza, reforestan los campos, racionalizan la pesca y toman
otras precauciones ambientales.
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